lunes, julio 06, 2009

La verdad tiene dos caras (y Le fils du boucher muchas más)


No hace ni diez minutos que se ha levantado de la siesta y Le fils du boucher ya está acostado otra vez. Espatarrado sobre una cama que no es la suya, espera a que otro termine de ducharse para poder entrar a hacerlo él. Está sin camiseta, descalzo, la mirada clavada en el techo como si todavía no se hubiese dado cuenta de que hay una barrera que se interpone entre el cielo y él:

—Pues he dormido sólo dos horas de siesta y no he parado de soñar cosas todo el rato. He soñado que le cogía la teta a una tía y me la quedaba. Y luego tenía la silicona en mi mano y jugaba con ella y la apretaba. Y entonces…

Y entonces lo que pasa es que se abre la puerta del cuarto de baño y Le fils du boucher se olvida de lo que estaba contando y se va a darse una ducha. Casi al mismo tiempo, el resto de integrantes de la expedición se han ido reuniendo en la azotea para fabricar palabras y ver cómo cae el sol.

—¡Joder, qué risa en la habitación!
—¿Qué ha pasado?
—Le fils du boucher, ¡qué espectáculo! ¡No podíamos parar de reír! Estaba durmiendo y no dejaba de poner caras todo el rato.

sábado, junio 27, 2009

Información es poder



Hace tiempo que dicen que la información es poder. Y hace tiempo que eso me suena a mí a frase hueca. Hoy, en cambio, en la hora escasa que llevo en casa han llamado por teléfono tres veces. En las dos primeras cuando he descolgado el aparato se ha puesto a dar tono, de manera que ha pasado a ser como si llamase yo y he tenido que esperar a que unos señores que están en un call center ubicado aproximadamente en el Triángulo de las Bermudas accediesen a ponerse al aparato para que me vendiesen los magníficos productos que diligentemente el ordenador de su empresa ha considerado que yo merecía adquirir. La tercera vez ha sido la propia máquina la que ha empezado a soltarme un rollo sobre no sé qué compañía líder en calderas de gas.

Curiosamente, este fin de semana he hablado con alguien que tiene un nuevo trabajo. Se dedica a vender datos. Datos personales de gente que va en chándal y de gente que no. Correos electrónicos, números de teléfono, direcciones y también otros datos más íntimos como el estado civil, el número de hijos o si eres más de Dirty Dancing o de Karate Kid. 1000 correos electrónicos, por ejemplo, valen 55 euros.

Mientras intento escribir esto han vuelto a llamar. Esta vez era un señor muy amable que se oía como si llamara desde el espacio exterior y que me ha preguntado si me encontraba. Agradecido por el hecho de que alguien, por fin, preguntara, yo ya iba a empezar a hablarle de todo el tiempo que llevo buscándome cuando, sin dejarme siquiera abrir la boca, el hombre que llamaba desde Marte se ha puesto a soltarme una retahíla sobre el ADSL a chorrocientos megas y con calefacción de regalo. Consciente de que el medio en el que se desarrollaba nuestra conversación monodireccional me dificultaba en demasía la agresión física —respuesta que hubiese sido en este caso más adecuada—, el impulso posterior ha sido el de agenciarme un taparrabos e irme a hacer de niño salvaje a la sierra de Collserola a la voz de “iros todos a tomar por culo”, pensamiento que, no obstante, me ha hecho recordar un no por manido menos eficiente recurso para salir del paso en situaciones como la que me ocupaba, momento en el cual he invitado a mi interlocutor a convertirse en receptor pasivo de un coito sodomita, una reacción que, si bien puede resultar soez, en el fondo no es extraña en un ser primitivo como yo a quien las cinco de la madrugada de la otra noche sorprendieron de pie sobre el colchón con una zapatilla en la mano y deseando mucho más una trompeta que un insecticida para, en lugar de dar muerte al mosquito que me impedía conciliar el sueño, darme el gustazo de pagarle con su misma moneda.

Una cosa que no se me olvida ya es que, en efecto, la información es poder. Si tienen tu teléfono, te PUEDEN dar por culo hasta cansarse.

miércoles, junio 17, 2009

Información práctica


Tengo remordimientos de conciencia. Casi siempre uso el blog para hablar de mí mismo. Y eso no está bien. Para intentar compensar, hoy voy a dar una información útil y poco conocida, de esa que te puede sacar de un apuro en el momento menos pensado: las señales de posesión demoníaca.

Según el Gran Grimorio del Papa Honorio, que aunque tiene nombre de grupo de verbena en verdad es una joya del ocultísimo del año 1670, para saber si una persona está endemoniada lo primero que se deberá observar es el comportamiento del sujeto en cuestión ante “la ley de Dios y las cosas tocantes a su santo servicio”. Si da muestras de desobediencia y rebeldía, ¡cuidado!, podría tratarse del maligno.

Un indicio más evidente si cabe se da cuando el sospechoso “se turba en presencia de las cosas sagradas, como es la Cruz de Nuestro Salvador o las reliquias de los santos, rehúsa tomar el agua bendita y si se le obliga a acudir al santo sacrificio de la misa se pone furioso y echa espumarajos por la boca”.

Un tercer indicio para tratar de afinar mejor el diagnóstico sería el furor repentino. Si el sujeto en cuestión empieza a revolcarse por el suelo o de pronto se arroja de cabeza al fuego, podría ser cosa del demonio.

En cualquier caso, la que nos ayudará a salir de dudas es la cuarta de las señales: cuando el sospechoso “habla o se entiende el latín sin haber estudiado”. Esto último sí que es importante y conviene recordarlo: si estáis con alguien y de repente le da por hablar o entender el latín, está claro, eso es que no es trigo limpio.

lunes, junio 08, 2009

El día en que el futuro te vino a buscar (y los peces de colores)



A los peces, cuando cagan, les sale un hilillo largo y fibroso, como si fuera una liana. Lo sé porque mi hermano tenía un acuario. Que ya que tenía eso hecho, no sé por qué Dios o la evolución o quien sea no aprovechó y creó un pez Tarzán con tapizado de leopardo y brazos en lugar de aletas para que en lugar de moverse nadando como todos los demás pudiese ir saltando de liana en liana. Esto que digo no tiene nada que ver con que quería escribir, lo que pasa es que me he acordado de un profesor que tuve que insistía en que había que empezar los textos con una frase que fuese contundente y enganchase al lector. Lo que lleva unos días reconcomiéndome es la revolución tecnológica y cómo está cambiando nuestras vidas.

La evolución, en verdad, es como los trileros: te cambia la pelotita de sitio sin que te des cuenta. Te puedes tirar décadas en las que te parece que vives siempre una variación del mismo día y cuando te vas a dar cuenta ya nadie sabe quién es Bud Spencer y en las reuniones del Tupperware lo que se venden entre sí las marujas son vibradores con mando a distancia y tangas comestibles. Y mira que los listos llevan años advirtiéndonos: la globalización, la inmediatez, la modificación de los hábitos sociales y toda esa mierda. Lo que pasa es lo de siempre: que lo que digan los listos nos la suda por delante y por detrás. Hasta que un día entras en casa y ves a tu compañero de piso en el sofá encarado la tele. De entrada, eso te extraña, no tanto porque hasta entonces el tío había sido mucho de autores japoneses como porque la tele está apagada y lo que lo tiene hipnotizado como un gilipollas es la pantalla de un ordenador portátil que tiene en el regazo y de la que no aparta la vista ni para ver quién le está hablando.

—¿Qué haces? —preguntas, mordiéndote la lengua para no insultar.

Y si pudieras detener el tiempo, lo mismo sería conveniente hacerlo ahí y pararte a pensar. Pero como no puedes, no tienes más remedio que escuchar la respuesta que, subrayada por el sonido de una metralleta de dedos acribillando las teclas, te hará entrar de golpe y para siempre en el futuro que hace tiempo que te rodea:

—Estoy explicándole que soy anarquista a una tía con las tetas descomunales.

domingo, mayo 31, 2009

Medio hecho, por favor



Me pasa últimamente que no termino casi nada de lo que empiezo. Hoy, por ejemplo, he empezado un montón de cosas y no he terminado casi ninguna. Estaba haciendo un sueño muy serio, ahí concentrado, manteniendo la regularidad, y he tenido que dejarlo sin terminar porque los vecinos de abajo se han puesto a gritar en la terraza. He cocinado, pero sólo me he comido la mitad. De la peli de después de comer no he podido ver el final, porque llegaba tarde al baloncesto.

En el partido El Antoniu se ha inventado un gran tratamiento de canalización de la agresividad consistente en hacer impactar el propio pie contra la base de la canasta con una fuerza de varios G’s, patadón que si bien le ha hecho descargar la tensión contenida, por otro lado le ha obligado a abandonar la cancha haciendo una pobre imitación de Chiquito de la Calzada. A partir de ahí la cosa ha decaído y, cuando más dispuesto estaba a sacar a relucir todo mi potencial, ya no éramos suficientes y he tenido que irme a casa sin brillar.

Una ducha y un bocado después, estirarme en el sofá ha sido como retornar a la placenta. Además, en la tele ha empezado una peli de mamporros, por lo que no me ha entrado ninguna prisa por nacer. Sin embargo, Benjton Gurinox me ha recordado que nos esperaban y he tenido que desertar del film justo cuando Kevin Spacey entraba en acción. Toda la pereza que tenía al principio se me ha olvidado en el bar, bien acompañado y después de haber dado cuatro o cinco sorbos a un cóctel fresquito que sabía a vaso de leche de antes de ir a la cama y tener sueños con alas. Ya estaba a punto de brillar cuando ha sonado el teléfono. Era El Antoniu, que decía que su cuerpo tenía nostalgia de la cancha y que había encontrado un método para canalizar sus propias tensiones. Le había salido un gigantesco bulto en el empeine (curiosamente, con forma de pelota) y necesitaba que alguien lo acompañase al hospital. Así que he salido del bar con una disculpa y sin poder apurar el vaso y he ido con Benjton a buscarle.

En urgencias, como los tres teníamos nuestras respectivas cabezas soldadas al cuello y no en la mano o dentro de una bolsa de supermercado, nos han dado la una, las dos y las tres. A las cuatro nos ha llamado El Antoniu desde dentro y nos ha dicho que no tenía nada roto y que nos fuéramos, que le iban a pedir un taxi para volver, con lo que después de horas allí nos hemos ido antes de que saliese. Ahora, después de un día a medias, he llegado a casa, he encendido el ordenador y me he puesto a escribir esto que no

domingo, mayo 17, 2009

Los dos trabajos de Benjton Gurinox


Mi amigo Benjton Gurinox tiene dos trabajos, uno por la tarde y otro por la noche. El de la tarde le hace cada vez más infeliz, en el de la noche es él quien hace feliz a los demás. Por la tarde mi amigo Benjton Gurinox cambia cosas de sitio. Lo que antes estaba aquí lo pone allá y lo que antes estaba allá lo pone aquí. Por la noche mi amigo Benjton es un soñador altruista. En lugar de soñar para él, se dedica a tener sueños para otros. Les sueña la vida que no son capaces de encontrar.

En su trabajo nocturno, no contento con soñar a aquellos que conoce, Benjton ha empezado a soñar a gente a quien no conoce personalmente. Ya ha soñado futuros para gente como Enrique Bunbury, Ray Loriga o Germán Copini, entre otros. Y todo eso gratis y sin que le sirva para desgravar. El otro día, en un detalle de su magnanimidad, Benjton tuvo un sueño coral en el que aparecíamos todos sus amigos, cada uno haciendo lo que más le gusta. Estaba The Beast, que venía de hacer una excursión en bicicleta con los perros, el Can, que había perfeccionado su saque-guantazo y Ferdinand, que desenfundaba su mirada azul. Estaban El Antoniu, que llevaba rockys y volvía de pescar, El Maligno, que salía haciendo la vertical y cantando “tócame el pito, tócame el pito” y Tucci, que nos invitaba a todos a su cumpleaños. Yo no tengo ni idea de lo que hacía pero también estaba. Lo sé porque esa mañana me levanté bien contento y con muchas más ganas de estar aquí que allá.

sábado, mayo 09, 2009

V. y el chico de los pantalones cortos (tiempo verbal: posible futuro)

Hacía rato que la mañana estaba ya hecha. Sin embargo, nadie la usaba. No es que se hubiese celebrado nada la noche anterior, la ciudad ensayaba futuras resacas. V. se levantó y se fue a ver un partido de hockey. Viendo a todos aquellos tipos en pantalón corto moviéndose nerviosos por la cancha, a V. le pareció que buscaban algo. En el descanso se acercó a uno de ellos y le dijo bajito, para que solo él pudiera oírlo:

—Eso que todos buscáis lo tengo yo.

Y luego se fue sin esperar al final del partido.

Tanto empeño puso en buscarla, que meses después al final el chico de los pantalones cortos la encontró. Fueron al cine, a tomar algo, a la cama, a un piso de alquiler. Se casaron por la iglesia y tuvieron tres hijos, dos niñas y un niño. A las niñas les gustó bailar, al niño jugar al futbolín. V. trabajó dentro y fuera. Cocinó, compró, planchó. Vio partidos de Liga, de Copa, de Champions. Campeonatos de mundo, fórmula 1, tours de Francia, Roland Garros. Rió, compartió, amó. Discutió, peleó, lloró. Y un día, mientras su marido veía un partido de baloncesto del clasificatorio para las olimpiadas, finalmente, se hartó. Decidida, se encerró en la habitación y al cabo de unos minutos regresó con paso firme y puso un pequeño objeto en la mano de su marido.

—Toma —le dijo—. Ya tienes lo que buscabas.

El golpe de la maleta contra el suelo no hizo sobresaltar a su todavía marido. Ni siquiera un triple en el último segundo fue capaz de hacer que apartara la vista de la vetusta pelota de hockey que acababan de colocar en su mano.