No hace ni diez minutos que se ha levantado de la siesta y Le fils du boucher ya está acostado otra vez. Espatarrado sobre una cama que no es la suya, espera a que otro termine de ducharse para poder entrar a hacerlo él. Está sin camiseta, descalzo, la mirada clavada en el techo como si todavía no se hubiese dado cuenta de que hay una barrera que se interpone entre el cielo y él:
—Pues he dormido sólo dos horas de siesta y no he parado de soñar cosas todo el rato. He soñado que le cogía la teta a una tía y me la quedaba. Y luego tenía la silicona en mi mano y jugaba con ella y la apretaba. Y entonces…
Y entonces lo que pasa es que se abre la puerta del cuarto de baño y Le fils du boucher se olvida de lo que estaba contando y se va a darse una ducha. Casi al mismo tiempo, el resto de integrantes de la expedición se han ido reuniendo en la azotea para fabricar palabras y ver cómo cae el sol.
—¡Joder, qué risa en la habitación!
—¿Qué ha pasado?
—Le fils du boucher, ¡qué espectáculo! ¡No podíamos parar de reír! Estaba durmiendo y no dejaba de poner caras todo el rato.




Hacía rato que la mañana estaba ya hecha. Sin embargo, nadie la usaba. No es que se hubiese celebrado nada la noche anterior, la ciudad ensayaba futuras resacas. V. se levantó y se fue a ver un partido de hockey. Viendo a todos aquellos tipos en pantalón corto moviéndose nerviosos por la cancha, a V. le pareció que buscaban algo. En el descanso se acercó a uno de ellos y le dijo bajito, para que solo él pudiera oírlo: