lunes, junio 08, 2009
El día en que el futuro te vino a buscar (y los peces de colores)
A los peces, cuando cagan, les sale un hilillo largo y fibroso, como si fuera una liana. Lo sé porque mi hermano tenía un acuario. Que ya que tenía eso hecho, no sé por qué Dios o la evolución o quien sea no aprovechó y creó un pez Tarzán con tapizado de leopardo y brazos en lugar de aletas para que en lugar de moverse nadando como todos los demás pudiese ir saltando de liana en liana. Esto que digo no tiene nada que ver con que quería escribir, lo que pasa es que me he acordado de un profesor que tuve que insistía en que había que empezar los textos con una frase que fuese contundente y enganchase al lector. Lo que lleva unos días reconcomiéndome es la revolución tecnológica y cómo está cambiando nuestras vidas.
La evolución, en verdad, es como los trileros: te cambia la pelotita de sitio sin que te des cuenta. Te puedes tirar décadas en las que te parece que vives siempre una variación del mismo día y cuando te vas a dar cuenta ya nadie sabe quién es Bud Spencer y en las reuniones del Tupperware lo que se venden entre sí las marujas son vibradores con mando a distancia y tangas comestibles. Y mira que los listos llevan años advirtiéndonos: la globalización, la inmediatez, la modificación de los hábitos sociales y toda esa mierda. Lo que pasa es lo de siempre: que lo que digan los listos nos la suda por delante y por detrás. Hasta que un día entras en casa y ves a tu compañero de piso en el sofá encarado la tele. De entrada, eso te extraña, no tanto porque hasta entonces el tío había sido mucho de autores japoneses como porque la tele está apagada y lo que lo tiene hipnotizado como un gilipollas es la pantalla de un ordenador portátil que tiene en el regazo y de la que no aparta la vista ni para ver quién le está hablando.
—¿Qué haces? —preguntas, mordiéndote la lengua para no insultar.
Y si pudieras detener el tiempo, lo mismo sería conveniente hacerlo ahí y pararte a pensar. Pero como no puedes, no tienes más remedio que escuchar la respuesta que, subrayada por el sonido de una metralleta de dedos acribillando las teclas, te hará entrar de golpe y para siempre en el futuro que hace tiempo que te rodea:
—Estoy explicándole que soy anarquista a una tía con las tetas descomunales.
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3 comentarios:
No todos los peces gordos viven tanto... y anacoreta rima con tetas.
Jajaja... vaig plorar de rialles.
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