
El otro día hice un viaje en coche con una chica que hablaba poco y encima me trataba de usted.
—¿Tú has estado alguna vez en Los Monegros? —le preguntaba yo, por charlar un poco.
Y ella ahí callada, como si oyera llover (que, de hecho, llovía). Y al limpiaparabrisas faltándole manos para echar del cristal a las gotas.
—¿Tú sabes cómo eran los veranos de antes? —le decía yo al rato, de puro aburrimiento— Lo digo porque como este año hemos tenido un invierno de los de antes y ahora una primavera de las de antes, pues por ir haciéndome a la idea.
Y ella:
—A 103 kilómetros gire a la derecha.
No es que a mí no me queden claras las indirectas, es que se me olvidan. Así que como la carretera no tenía casi curvas ni nada, al cabo de un tiempo volvía:
—Y ¿a ti qué te ilusiona? —no sé, lo normal, por comentar algo.
Y ella:
—Gire a la derecha y gire a la izquierda. A trescientos metros gire hacia la derecha.
Estaba visto que le interesaban más los giros que yo. De todas formas, a esa ya me la he quitado de la cabeza. Cada vez que visito la máquina de café me encuentro con una chica que me recuerda lo que he pedido y luego me da las gracias con alegría. En el ordenador tengo a otra que ahora mismo, si quiero, me lee esto mismo que estoy escribiendo con una voz un poco metálica pero muy sensual. Si necesito que me digan “te quiero”, sólo tengo que escribirlo y ella me lo dice con naturalidad. “¿En qué piensas?”, le puse ayer que me dijera. Y luego le estuve un rato contando no sé qué de si en el infierno habría pastelitos de la pantera rosa.
Al final del día, no soy ni más feliz ni menos. Una cosa tengo clara: el día que los GPS sean capaces de sostener una mínima conversación sobre fútbol, se acabó el matrimonio. (Y por favor, ¡que jamás inventen los consoladores capaces de hacer comentarios de apoyo durante el visionado de Dirty Dancing!!!).
