domingo, julio 12, 2009

El mejor amigo del hombre


Los reproductores de mp3 se parecen a sus dueños. Es el abc del transporte público. Los ves ahí, humano y máquina, unidos por un fino cordón umbilical, y al instante comprendes que seguramente eso podrá ser expresado en signos, la relación precisa entre el diseño y la información que guardan en sus entrañas. Porque todo puede ser expresado en signos, seguro que para todo hay una fórmula.

Mi mp3 me costó 15€. Seguramente la prioridad de los que lo diseñaron nunca fue la estética. Está lleno de arañazos. Se oye con ruido. Y sólo dispone de dos modos: tristeza insondable y rumboso canalla. De lo que no anda mal servido es de intuición. Sabe en cada momento lo que necesito. Siempre tiene a mano ese tema que me hace preguntarme si el aparato encuentra lo que me pedía el cuerpo o dice en música lo que yo ya estaba sintiendo. Hay diferencias, pero sería más fácil expresarlas por medio de signos.

Hoy venía en el metro y mi hermano de plástico se ha superado a sí mismo. Tras ponerme la canción que tenía metida en la cabeza desde que me he levantado, ha hecho sonar otra que no reconocía. He dejado pasar unos segundos para ver si caía en la cuenta y no lo he conseguido. Entonces, he mirado la pantalla y, ¿sabes qué había, tronco? Signos, tío. Solo signos. El muy cabrón ha cogido tanta confianza que ya se pincha sus propios temas. O eso o estaba cantando. Y nada mal, por cierto.

lunes, julio 06, 2009

La verdad tiene dos caras (y Le fils du boucher muchas más)


No hace ni diez minutos que se ha levantado de la siesta y Le fils du boucher ya está acostado otra vez. Espatarrado sobre una cama que no es la suya, espera a que otro termine de ducharse para poder entrar a hacerlo él. Está sin camiseta, descalzo, la mirada clavada en el techo como si todavía no se hubiese dado cuenta de que hay una barrera que se interpone entre el cielo y él:

—Pues he dormido sólo dos horas de siesta y no he parado de soñar cosas todo el rato. He soñado que le cogía la teta a una tía y me la quedaba. Y luego tenía la silicona en mi mano y jugaba con ella y la apretaba. Y entonces…

Y entonces lo que pasa es que se abre la puerta del cuarto de baño y Le fils du boucher se olvida de lo que estaba contando y se va a darse una ducha. Casi al mismo tiempo, el resto de integrantes de la expedición se han ido reuniendo en la azotea para fabricar palabras y ver cómo cae el sol.

—¡Joder, qué risa en la habitación!
—¿Qué ha pasado?
—Le fils du boucher, ¡qué espectáculo! ¡No podíamos parar de reír! Estaba durmiendo y no dejaba de poner caras todo el rato.

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