Los reproductores de mp3 se parecen a sus dueños. Es el abc del transporte público. Los ves ahí, humano y máquina, unidos por un fino cordón umbilical, y al instante comprendes que seguramente eso podrá ser expresado en signos, la relación precisa entre el diseño y la información que guardan en sus entrañas. Porque todo puede ser expresado en signos, seguro que para todo hay una fórmula.
Mi mp3 me costó 15€. Seguramente la prioridad de los que lo diseñaron nunca fue la estética. Está lleno de arañazos. Se oye con ruido. Y sólo dispone de dos modos: tristeza insondable y rumboso canalla. De lo que no anda mal servido es de intuición. Sabe en cada momento lo que necesito. Siempre tiene a mano ese tema que me hace preguntarme si el aparato encuentra lo que me pedía el cuerpo o dice en música lo que yo ya estaba sintiendo. Hay diferencias, pero sería más fácil expresarlas por medio de signos.
Hoy venía en el metro y mi hermano de plástico se ha superado a sí mismo. Tras ponerme la canción que tenía metida en la cabeza desde que me he levantado, ha hecho sonar otra que no reconocía. He dejado pasar unos segundos para ver si caía en la cuenta y no lo he conseguido. Entonces, he mirado la pantalla y, ¿sabes qué había, tronco? Signos, tío. Solo signos. El muy cabrón ha cogido tanta confianza que ya se pincha sus propios temas. O eso o estaba cantando. Y nada mal, por cierto.